Es frecuente que los niños de una familia, tras insistir en adoptar alguna mascota, logren convencer a sus padres de comprar una pequeña bola de cristal (o incluso de plástico para que no haya riesgos al limpiarla ellos) con un par de peces de colores. Al fin y al cabo, los progenitores no encuentran en los peces las objeciones que plantea ante otro tipo de mascotas: apenas ocupan espacio, no hacen ruido, no huelen, no hay que sacarlos a pasear, no nos despiertan de madrugada con sus cantos... Conforme pase el tiempo y esos peces se adapten bien al nuevo hábitat, sin apenas dar quehaceres ni preocupaciones, va surgiendo la curiosidad o el capricho de ampliar y decorar mejor el acuario, introduciendo más peces, con lo que, poco a poco vamos sumergiendo en un mundo que con todas seguridad nos atraerá.
viernes, 29 de febrero de 2008
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